Lo que la vida te cuenta

Lo que la vida te cuenta.

Editorial:
VERSOS Y REVERSOS
Año de edición:
Materia
Mente, cuerpo y espiritu
ISBN:
978-84-943114-6-8
Páginas:
112
Colección:
VIDA PLENA
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IVA incluido

En la naturaleza y en los animales, cuando existe una amenaza para la supervivencia, o bien se produce la muerte o extinción, o bien se opta por un salto evolutivo que dará lugar a una especie mejorada, más adaptable a su entorno y, por ende, más alineada con el fluir de la vida y del planeta Tierra.

En mi consulta profesional, veo a muchas personas que expresan su deseo de realizar un 'cambio' en sus vidas: algo dentro de sí mismas intuye o sabe que ha llegado el momento de transformarse, o morir. Esta muerte, a menudo, puede ser sostenida en forma de sufrimiento, para evitar el dolor que podría suponer cambiar, porque la experiencia vital nos dice que todo cambio requiere un nuevo inicio, un cierre de una etapa que queremos dejar atrás y una apertura a algo nuevo.

Lo que no solemos tener en cuenta es que este tan deseado cambio implica un soltar, un dejar de ser aquello que ya no nos sirve, que nos queda pequeño y que caducó por el paso del tiempo. Así que todo inicio implica un cambio, y todo cambio comienza por un final, al que tanto solemos temer. Sin embargo, la vida está repleta de inicios y de finales, de nuevas rutas que explorar, de caminos que constantemente se bifurcan y nos dan nuevas posibilidades, y negarlo sería como negar la transformación que todas las especies (incluida la nuestra) han tenido que realizar para llegar a ser quienes son en el momento actual.

Cuando alguien se plantea un cambio en su vida es porque empieza a comprender que la vida no es permanente, que no puede agarrarse más a aquello que le daba seguridad y que, pese al riesgo, es de vital importancia entrar en un proceso de transformación. Podríamos decir que, en cierta forma, la vida es un inicio continuo, quizás cíclico porque a veces parece que vamos hacia atrás y otras hacia delante, sin embargo, sea en la dirección que sea, siempre tiene que haber movimiento. Y cuando no lo hay surge la enfermedad, ya sea física o mental.

Buda hablaba de cuatro nobles verdades, entre las cuales se encuentra la idea de que la vida es impermanente. Esto significa que nada permanece eternamente, nada queda cristalizado en el continuum espaciotiempo, ninguna forma es eterna y todo acaba transformándose, por ello, cuando nos resistimos al cambio que la vida nos propone, estamos impidiendo que ésta fluya, que se mueva, que se airee como aireamos las habitaciones abriendo las ventanas, y no dejamos que el verdadero amor siga su curso.

Cuando ese movimiento cesa, el amor se estanca y nosotros enfermamos, primero con nuestra mente, luego con nuestras emociones, y acabamos por enfermar físicamente.

Cuando las personas que tengo en terapia se ven y se reconocen en pensamientos y conductas que les llevan a la infelicidad, les suelo preguntar: ¿Realmente quieres cambiar? ¿Realmente quieres iniciar una nueva etapa? Es importante que uno se plantee esta simple cuestión antes de comenzar un proceso de transformación, puesto que a veces hay una parte de nosotros mismos que no desea ese cambio y prefiere quedarse como está, en su área de confort y su zona de seguridad. Quizás perderían más de lo que ganarían al entrar en el cambio. O eso creen. A veces, la pregunta indicada es más bien: ¿Estás dispuesto a mirar al dolor de frente? ¿Tienes el coraje de enfrentar aquello que has estado ignorando tanto tiempo? ¿Quieres responsabilizarte de lo que hay y tomar el mando de tu barco en alta mar?

Después de algunos años ejerciendo en terapia individual, tengo una especie de radar para detectar a aquellas personas que quieren cambiar algo en sus vidas y a aquellas que, en realidad, solo esperan que yo les quite el sufrimiento de encima. Éstas últimas, dejan de venir después de una primera toma de contacto, o cuando empezamos a entrar en terrenos dolorosos se esfuman como por arte de magia. A mí, personalmente, me gusta dejarlo todo claro y en la primera sesión les advierto de que el proceso de limpiarse implica ensuciarse las manos. Esto evita que desaparezcan o que perdamos el tiempo conjuntamente.


Recordemos la impermanencia de las cosas que, sin ir muy lejos, podemos ver en nuestro cuerpo físico: desde el nacimiento crece y cambia constantemente, sin poder hacer nada en contra. Imagina cuan ridículo sería tratar de impedir esos cambios, esas modificaciones en la naturaleza humana. No se puede ir a contracorriente y pretender que el agua no siga su curso natural. Desde los ojos de un recién nacido la vida es siempre un nuevo inicio. Y de eso tratan los inicios: de abrirse a algo nuevo, de tender una mano y confiar en que alguien te agarrará la otra, de andar sin fijarse en los obstáculos sino más bien en nuestro movimiento, de agitar el cuerpo y explorar el mundo como si fuera el primer día del camino y, en especial, de sacudirnos de encima las palabras confusas que censuran aquello que sentimos, de entregarse a lo que la vida nos pone enfrente y, lo más difícil, de disfrutar lo que trae consigo. Porque en una sociedad repleta de miedos parece que la vida se limite solo al cierre, a la retención, a la acumulación; pero la vida también trata de apertura, de expansión, de soltar. Y el cambio forma parte de todo ello. Muchas personas están en un estado de contracción permanente, en una falsa ilusión de mantener las cosas como deben ser y sufriendo por esa terquedad mental.

Contracción y expansión, cierre y apertura, son polaridades que conforman en sí mismas lo que implica un cambio, una transformación, una modificación de la situación o la persona. Si nos quedamos solamente en una de ellas, enfermamos. Y no solamente sucede cuando nos quedamos estáticos, contraídos, retraídos, parados, sino que, aunque resulte engañoso, también el hecho de estar siempre en constante apertura, movilidad y expansión también produce una suerte de estancamiento. Unos por parados y los otros por no querer parar, quizás porque, para los últimos, el verdadero cambio sería dejar de cambiar.


Así pues, encontrar el equilibrio en cada uno, sabiendo a qué hemos tendido siempre en nuestra experiencia vital, fijándonos qué lugar nos cuesta visitar, veremos qué tipo de cambio necesitamos en realidad.


La vida es impermanente, ninguna forma es eterna y todo acaba transformándose.

El Amor, para el Universo, es energía fluyendo en constante movimiento. Cuando ese movimiento cesa, el amor se estanca y nosotros enfermamos.

Para fluir con la vida, es necesario aceptar el cambio que ella nos propone, permitiendo que el verdadero amor siga su curso.